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Violencia cerca de centros educativos impacta la salud mental de menores en Costa Rica


Las balaceras cerca de escuelas y colegios en Costa Rica ya están dejando secuelas emocionales en niños y adolescentes, aunque no se hayan registrado ataques armados dentro de los centros educativos. La Fundación La Casa de los Niños advierte que tratar estos episodios solo como sucesos policiales impide atender un impacto que también alcanza la salud mental y el aprendizaje.
Durante 2025 y los primeros cinco meses de 2026, distintas escuelas y colegios activaron medidas de resguardo por tiroteos ocurridos en las cercanías de sus instalaciones. La Fundación La Casa de los Niños señaló que trabaja desde hace cerca de dos décadas con población en condición de vulnerabilidad expuesta a violencia social y criminalidad.
El efecto, según la organización, no se limita a la sensación de inseguridad en la comunidad. La entidad sostiene que el país debe replantear la forma en que protege a la niñez y la adolescencia dentro y fuera de las aulas, porque la violencia asociada al narcomenudeo ya escaló al plano emocional y educativo.
“La violencia no necesita entrar físicamente a un aula para afectar profundamente a un niño. Cuando un menor escucha disparos camino a la escuela, ve patrullas constantemente o siente miedo en su propia comunidad, su cerebro vive en estado de alerta permanente”, explicó Catalina Chaves Fournier, especialista en niñez y adolescencia y directora ejecutiva de la Fundación La Casa de los Niños.
La exposición constante a balaceras, amenazas y violencia comunitaria provoca ansiedad, hipervigilancia, miedo persistente, alteraciones del sueño, irritabilidad, dificultades de concentración, bajo rendimiento académico y síntomas vinculados con estrés postraumático, según la fundación.
Ese es el núcleo del problema: aunque los disparos ocurran fuera del centro educativo, los menores pueden desarrollar un estado de alerta continuo que afecta su vida cotidiana, su percepción de seguridad y su capacidad de aprender.
En los adolescentes, la fundación identifica además un fenómeno que considera especialmente preocupante: la normalización de la violencia. La exposición repetida a balaceras, conversaciones violentas y contenidos explícitos sobre asesinatos y disputas criminales puede derivar en morbo, curiosidad y pérdida de sensibilidad frente al riesgo.
“Cuando un adolescente crece escuchando que hubo disparos ‘otra vez’ en su barrio, o viendo videos violentos circular todos los días, existe el riesgo de que empiece a percibir estas dinámicas como normales, inevitables o incluso admirables”, señaló Chaves Fournier.
La especialista añadió que la manera en que un menor procesa estos hechos difiere de la de un adulto. “La percepción de un menor frente a la violencia es completamente distinta a la de un adulto. Muchos niños comienzan a sentir miedo por su propia vida o por la seguridad de las personas que aman. Y en adolescentes, la sobreexposición puede generar curiosidad y normalización”, explicó.

La directora ejecutiva de La Casa de los Niños planteó que el país necesita fortalecer protocolos específicos para balaceras cercanas a escuelas y colegios, y no concentrarse solo en escenarios de ataques internos, como ocurre en otros contextos internacionales.
“En Costa Rica, la mayoría de los eventos violentos relacionados con escuelas ocurren afuera de los centros educativos, en vía pública, producto de conflictos entre bandas criminales. Sin embargo, el riesgo para los menores sigue siendo enorme porque una bala perdida puede convertir una situación externa en una tragedia colateral”, advirtió Chaves Fournier.
Entre las medidas que la fundación considera necesarias figuran protocolos claros de resguardo ante fuego cruzado externo, capacitación docente en primeros auxilios psicológicos, atención emocional inmediata después de hechos violentos, espacios seguros de conversación con estudiantes, acompañamiento a familias y estrategias comunitarias de prevención.
Para el entorno familiar, la recomendación incluye hablar con honestidad y calma de acuerdo con la edad del menor, responder preguntas sin detalles gráficos, no exponerlos a imágenes o videos explícitos, validar sus emociones sin minimizar sus miedos, mantener rutinas y espacios seguros, observar cambios importantes de conducta y buscar apoyo profesional si aparecen síntomas persistentes de ansiedad o aislamiento.
“La seguridad escolar no puede limitarse únicamente a cerrar portones. También implica proteger emocionalmente a los menores que hoy están creciendo con miedo o, peor aún, asumiendo la violencia como un estilo de vida”, afirmó Chaves Fournier.
La fundación sostuvo que Costa Rica todavía está a tiempo de prevenir consecuencias mayores, pero para ello debe abrir una conversación nacional sobre el impacto emocional que la violencia comunitaria ya está dejando en miles de niños y adolescentes.



