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Murió el Papa Francisco, el argentino que cambió la historia de la Iglesia
Jorge Mario Bergoglio falleció a los 88 años en el Vaticano. Primer pontífice latinoamericano y jesuita, deja un legado imborrable marcado por la humildad, la reforma y el compromiso social

Por Fabio Verdecchia
El Papa Francisco, nacido Jorge Mario Bergoglio, murió esta madrugada a los 88 años en la residencia Santa Marta del Vaticano, rodeado por sus más cercanos colaboradores y bajo el sigilo que él mismo pidió para sus últimos días. La noticia fue confirmada por la Santa Sede a las 04:17 hora local (23:17 en Buenos Aires), en un comunicado breve, austero, casi bergogliano.
«Con profundo dolor comunicamos que el Santo Padre Francisco ha partido a la Casa del Padre», rezaba el mensaje oficial, sin más estridencias que las justas. El mundo se detiene hoy para despedir al primer Papa latinoamericano, al primero jesuita, y —para los argentinos— al hombre que salió de Flores y llegó a Roma para cambiarlo todo.
El hombre que vino del sur
Jorge Bergoglio nació el 17 de diciembre de 1936 en el barrio porteño de Flores, hijo de emigrantes italianos. Su vida, antes de convertirse en Papa, fue la de un hombre de Iglesia profundamente cercano al pueblo: cura de calle, formador de sacerdotes, obispo entre villas y trenes suburbanos. Fue elegido pontífice el 13 de marzo de 2013, tras la renuncia de Benedicto XVI, en una de las transiciones más sorprendentes del Vaticano moderno.
Su elección rompió con siglos de tradición europea. Pero más allá de la geografía, lo que Francisco trajo al papado fue una revolución de estilo y contenido. La cruz de hierro en lugar del oro, el coche austero en lugar del papamóvil blindado, el discurso directo en lugar de la retórica curial. El Papa de la periferia que puso a la Iglesia en el centro del debate social y humano del siglo XXI.
Un pontificado transformador
En 11 años de pontificado, Francisco imprimió su sello en temas que históricamente incomodaban a la curia romana: la reforma financiera del Vaticano, la lucha contra los abusos sexuales dentro de la Iglesia, la apertura hacia las comunidades LGBTQ+, la defensa de la Amazonía, el cuidado del medio ambiente como mandato moral, la denuncia constante de la pobreza estructural y la economía que «mata».
Su encíclica Laudato Si’ fue un hito global. No solo como documento teológico, sino como grito político en tiempos de crisis climática. Como también lo fue Fratelli Tutti, donde llamó a construir una fraternidad universal en un mundo atravesado por muros, guerras y exclusión.
No fueron años fáciles: enfrentó resistencias internas, críticas feroces desde sectores conservadores, ataques mediáticos y hasta intentos soterrados de socavar su autoridad. Pero nunca dejó de ser fiel a su convicción pastoral: una Iglesia “hospital de campaña”, más preocupada por abrazar que por condenar.
Una despedida mundial
Desde temprano, las campanas de San Pedro comenzaron a sonar en duelo. Miles de fieles comenzaron a congregarse en la plaza, algunos con rosarios en mano, otros simplemente con lágrimas. En Buenos Aires, la Catedral Metropolitana —donde ofició misa como arzobispo durante más de 15 años— abrió sus puertas a la vigilia popular.
El mundo político y religioso expresó su pesar. El presidente argentino, en un mensaje desde Casa Rosada, decretó tres días de duelo nacional. Líderes globales como Joe Biden, Emmanuel Macron y Luiz Inácio Lula da Silva elogiaron su figura como “puente de diálogo” y “voz de los sin voz”.
Se espera que el funeral se celebre en los próximos días en la Plaza de San Pedro, presidido por el Camarlengo, siguiendo el protocolo para la muerte de un Papa reinante, aunque aún se especula si Francisco habrá dejado instrucciones particulares —como tantos gestos suyos— para una despedida sin ostentación.
El legado de un pastor
Francisco no fue un Papa de dogmas férreos ni de frases grandilocuentes. Fue un pastor. Uno que prefería “oler a oveja”, que bendecía a los cartoneros, que llamaba por teléfono a quien sufría, que jamás dejó de pedir “recen por mí”. Su pontificado fue, en el sentido más radical del término, humano.
Murió el Papa, sí. Pero también murió un símbolo. Un argentino que llevó el mate, el tango y el Evangelio a los rincones más olvidados del planeta. Un hombre que vivió con la convicción de que la fe, sin justicia, es sólo un ritual vacío.
Francisco se fue. Pero su palabra, su ejemplo y su coraje seguirán ardiendo en los márgenes.



