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Discurso y grandilocuencia – ADN

(ADN).- Existe la necesidad en algunos dirigentes políticos, sobre todo en función de administradores del Estado, nacional, provincial o municipal, de recurrir a un lenguaje que contenga una narrativa que sobredimensione su figura, sobre todo con discursos y anuncios de gestión, que al limpiar de hojarasca se transforman en simples hechos de magra trascendencia.

Somos testigos sobre como se abusa de los términos “histórico”, “nunca visto”, “por primer vez” e incluso de carácter “épico”, tratando de forzar un hecho administrativo, que tiene como destino beneficios para la comunidad, para convertirlo en colosal.

Javier Milei impuso desde que asumió la presidencia una jerga especial, no digna de su investidura. No sólo en tono soez e insultante, sino además asumiendo un rol mesiánico, de personaje iluminado y que usa de manera falaz citas bíblicas, con el objetivo de imponer una creencia contraria a la razón, con explicaciones mágicas o sobrenaturales de sus propios actos.

Es una característica de ciertos dirigentes o líderes. Egocentrismo superlativo para templar el espíritu e imponerse en el frente interno y ante la sociedad.

En Río Negro, Alberto Weretilneck también recurre a estos calificativos de fuerza para identificar su gestión gubernamental por encima de todo parangón posible con otras administraciones provinciales, sobre todo cuando hace referencia a obras o anuncios relacionados con la salida por el mar rionegrino de parte de la producción de gas y petróleo, de Vaca Muerta.

Ante las gestiones del traspaso de parte de rutas nacionales a Río Negro, destruidas y sin atención de la administración mesiánica de Milei, por ejemplo, calificó el hecho como épico y un desafío. La provincia se hará cargo de la reparación de algunos kilómetros de la ruta 22 y 151, sin recursos aportados por el gobierno nacional, principal responsable del desguace de Vialidad Nacional, que obliga al Ejecutivo rionegrino a tomar nuevas deudas. Acá no hay épica, sólo endeudamiento.

La narrativa de la Grecia antigua requería para el calificativo épico, la existencia de un héroe, una hazaña y un Dios, como en los casos de la Odisea, o la batalla de Troya, en la Ilíada. Lejos de esto sucede en los discursos que califican a las gestiones oficiales como históricas, en un intento de adjudicarle un espacio futuro eterno para el devenir de la historia.

El abuso en lo que se da en llamar el lenguaje solemne, pomposo y exagerado, tiene como propósito conmover a los ciudadanos y se impone la estética discursiva sobre el contenido real del anuncio gubernamental.

Hay mesianismo político, muchas veces impulsado por la fe y el dogma, como en el caso de Milei, pero también hay un mesianismo laico, con una actitud de peligroso individualismo.

Cuando se utilizan estos recursos del lenguaje altisonante, intrínsicamente se subestima al ciudadano, que ignora sobre los temas del Estado y la gestión pública, y se recurre al verbo grandilocuente para magnificar un anuncio que en realidad sólo necesita presupuesto y poder político para su ejecución, y nada de histórico o épico. Esta forma de comunicación tiene en sus canales un fuerte acompañamiento de un equipo de aduladores, que repiten -incluso sin entender- ese mensaje del jefe, que difunden las redes oficiales.

El semiólogo francés Roland Barthes calificaba al discurso triunfalista o inflado como una forma de «arrogancia», que no busca la comunicación ni el placer estético, sino imponer verdades absolutas y someter al receptor. Se prioriza la pasión sobre los datos lógicos, hay formas sintácticas complejas y estructuras redundantes, con calificativos absolutos o grandiosos, con el propósito de construir la imagen del líder.

Este mensaje oculta datos y precisiones detrás de los adjetivos y transforma problemas ordinarios en gestas heroicas, con un distanciamiento de los problemas reales de la gente. Busca la polarización social mediante discursos de amigos y enemigos.

Nada es nuevo. Varios estudiosos del lenguaje, especialistas y filósofos analizaron el discurso grandilocuente. Friedrich Nietzsche lo califica como una máscara de falsedad, debilidad intelectual y falta de honestidad, y Martín Heidegger escribió que el adjetivo ruidoso y repetitivo evita que el ciudadano examine la realidad factual de la gestión e impone una verdad prefabricada.

El escritor español Francisco Quevedo sentenció: «Nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir».

El mensaje amañado, que manipula información del Estado, no admite críticas, ni cuestionamiento. Lo opuesto es enemigo y censurable.

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