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“Algunos se van, pero muchos otros van a querer venir”

(ADN).- El intendente de Viedma y flamente vicepresidente de Juntos Somos Río Negro, Marcos Castro, defendió la renovación en el oficialismo, ratificó el desafío de «pasar de los personal a lo colectivo» y valoró el desafío que le planteó Alberto Weretilneck a la nueva generación de ser «disruptivos» y «transgresores». El dirigente no esquivó el hoy el momento que atraviesa el oficialismo, uno de los más delicados desde su fundación.

No se trata apenas de un recambio formal de autoridades ni de una foto generacional para maquillar la estructura. Al menos eso intenta dejar en claro Castro, en una entrevista con Voz Radio. Su lectura es más ambiciosa: Juntos debe dejar de ser leído únicamente desde el liderazgo personal de Weretilneck para convertirse en una organización colectiva, con musculatura territorial, mesas locales activas y una identidad rionegrina capaz de sobrevivir a los calendarios electorales y a las tensiones internas, asegura.

Una conducción joven para ordenar el oficialismo

“Alberto Weretilneck nos encomendó este gran desafío, no solamente a Rodrigo como presidente y a mí como vicepresidente, sino a un grupo de dirigentes que hace mucho tiempo estamos vinculados con la política”, dice Castro, que se presenta como parte de una generación intermedia: tiene 45 años, no viene de la liturgia tradicional de los partidos nacionales y reivindica haber empezado como militante de Juntos antes de asumir responsabilidades institucionales.

En un sistema político provincial donde los liderazgos suelen pesar más que las estructuras, Castro intenta instalar una idea de transición ordenada, aunque no exenta de ruido. “Juntos Somos Río Negro era un partido que nos permitía posicionarnos como provincia pujante, superando un poco las cuestiones de los partidos tradicionales de alcance nacional. No porque no tengamos una mirada nacional, pero necesitamos tener una mirada muy vinculada con lo que nos pasa a nosotros como rionegrinos”, plantea.

La frase también revela el desafío que enfrenta la nueva conducción: actualizar esa identidad en un escenario político más fragmentado, con nuevas demandas sociales, desgaste de gestión y un electorado menos paciente con las explicaciones largas.

Castro recuerda la asamblea fundacional de Villa Regina, a la que asistió como militante, y contrasta aquel origen con el lugar que ocupa ahora. “Hoy me toca acompañarlo a Rodrigo en esta gran etapa y en este gran desafío que nos encomienda Alberto: superar lo personal para pasar a algo colectivo”, afirma. Y enseguida advierte que no se trata de una fórmula discursiva: “No es una cuestión, como algunos pueden plantear, de coyuntura o de relato. Es una cuestión realmente profunda”.

En esa profundidad aparece Weretilneck, no sólo como gobernador sino como conductor político. Castro lo nombra varias veces, siempre con una mezcla de reconocimiento y mandato. “El gobernador nos está planteando, no en su calidad de gobernador, sino en su calidad de dirigente y de presidente del partido político más importante que hoy tiene Río Negro, que continuemos una nueva etapa”, sostiene.

La consigna que baja desde la conducción, según Castro, es explícita: ser disruptivos, no pedir permiso, animarse a una transgresión interna. “Tenemos que leer bien el mensaje de ser disruptivos, de no pedir permiso, de ser transgresores, tal cual nos pidió Alberto. Y en eso estamos”, resume.

La palabra “transgresores” llama la atención en boca de un dirigente oficialista. Juntos gobierna la provincia, administra poder, tiene intendentes, ministros, legisladores y una red territorial consolidada. La transgresión, entonces, no parece dirigida hacia afuera sino hacia adentro: contra la inercia, contra la comodidad del aparato, contra la idea de que la sola centralidad de Weretilneck alcanza para ordenar el futuro.

El nuevo mapa partidario, dice Castro, ya tiene una primera señal concreta: la conformación de 33 mesas locales en distintas ciudades de la provincia. “Por primera vez pudimos constituir las 33 mesas en distintas ciudades de Río Negro”, destaca. Allí, asegura, conviven intendentes, intendentas, ministros, autoridades provinciales y dirigentes territoriales que deberán darle volumen político a la organización.

El objetivo es que la conducción provincial no quede encerrada en Viedma ni en los despachos, sino que tenga presencia real en cada localidad. “Tenemos que plantearle al partido una presencia de las autoridades provinciales de la mesa provincial en cada mesa local, y obviamente que todo el equipo de gobierno nos acompañe”, explica.

La frase tiene una lectura electoral inevitable. Castro lo sabe y no lo esquiva. El año próximo será electoral y el segundo semestre de este año aparece como una ventana corta para ordenar la estructura, suturar diferencias y ampliar la base. “Tenemos una ventana que no es muy grande porque estamos ya transitando el segundo semestre. El año que viene será un año electoral y seguramente tenemos un montón de cosas en la cabeza para plantearle al partido”, admite.

Las renuncias históricas y el costo de la renovación

En ese punto, la entrevista se desplaza hacia el costado más incómodo de la nueva etapa: las renuncias y alejamientos de dirigentes históricos o de peso específico dentro de Juntos, entre ellos Gustavo Gennuso, Arabela Carreras, Marcela González Abdala y Daniel Sanguinetti. Las salidas alimentaron críticas por falta de diálogo, reproches internos y dudas sobre el verdadero nivel de apertura de la nueva conducción.

Castro elige una respuesta directa, casi quirúrgica. “Es preferible que los que están estén convencidos de dónde están, que estar y no estar convencidos de dónde están”, afirma. No dramatiza las partidas, aunque tampoco las minimiza del todo. Las interpreta como decisiones personales, legítimas, pero también como parte de un reacomodamiento necesario.

“Cada uno toma la decisión que le corresponde o que tiene su fundamento para hacerlo”, dice. Y luego introduce la defensa central del proceso: “Acá hubo un proceso totalmente democrático. Decidimos presentar una lista para poder darle al partido una modernización y una adecuación a los tiempos que corren. Nadie estuvo impedido de poder hacerlo”.

La respuesta apunta al corazón de las críticas. Para Castro, quien no estuvo de acuerdo tuvo la posibilidad de competir, presentar alternativas o discutir dentro del marco partidario. Desde su mirada, la nueva conducción no cerró puertas: fueron otros quienes eligieron irse antes de probar la convivencia.

“Nosotros nos sentamos como nueva autoridad con la idea de hablar, de vincularnos, de superar un montón de cuestiones, porque nadie es perfecto”, sostiene. Y enseguida marca una queja: “Ni siquiera nos dieron la oportunidad de poder generar el espacio de participación. Tomaron la decisión los que se fueron de irse y nosotros tenemos que seguir para adelante”.

Castro no desconoce que hay malestar, pero lo coloca del lado de quienes se alejaron. Incluso se permite insinuar que en algunas decisiones pudo haber algo más que diferencias metodológicas. “Después uno tiene análisis para hacer en lo personal, algún oportunismo que algunas veces también uno puede llegar a analizar”, desliza.

“En esta nueva etapa quizás algunos se van y otros quieran venir. Ahí estará el éxito de nuestra propuesta partidaria: que los que se fueron no sean mucho más que los que se han ido hasta ahora y, fundamentalmente, que otros también quieran venir”, plantea.

Mesas locales para recuperar músculo territorial

La renovación, en su visión, no se mide sólo por la edad de los dirigentes ni por el reemplazo de nombres en una lista. Se mide por la capacidad de escuchar, incorporar y actuar. Castro insiste en que Juntos conserva una ventaja competitiva frente a otras fuerzas: conoce la provincia y tiene capilaridad territorial. “Si algo tiene nuestra fuerza política es que conoce lo que le pasa al rionegrino, que tiene un canal de escucha activa en los gobiernos y en el partido”, afirma.

Pero también reconoce que eso ya no alcanza como declaración de principios. “Tenemos que hacer cosas. Tenemos que empezar a darle al rionegrino esa posibilidad de conocernos, de encontrarnos”, agrega. En esa autocrítica aparece una clave del momento: Juntos necesita revalidar su identidad provincial no sólo desde la gestión, sino también desde la política partidaria.

Castro no reniega de Weretilneck; al contrario, lo coloca como líder ordenador. “Alberto va a ser siempre un líder para nosotros. Alberto va a ser siempre quien nos vaya marcando el camino”, dice. Pero inmediatamente agrega la otra mitad de la ecuación: “También hay que hacerse cargo de que nos trasladaron una responsabilidad y hay que ejercerla”.

Ese equilibrio será probablemente el mayor desafío de Rodrigo Buteler y Marcos Castro: construir una conducción nueva sin quedar reducidos a administradores de una herencia; ordenar el partido sin romperlo; renovar sin desautorizar a quienes fundaron el espacio; abrir la participación sin perder el control político; y preparar el terreno electoral sin que la discusión interna se convierta en un problema mayor que la competencia externa.

“Es un desafío muy importante pensar que te están encomendando una tarea de un partido que está vivo, que está activo, que está gobernando y que le ha dado a Río Negro un montón de respuestas muy importantes”, afirma.

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