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La Rebelión del viento
Cuando los zorros prometieron igualdad en la estepa, la Patagonia creyó en la esperanza… hasta que empezó a oler a humo de asado

Todo empieza con un viejo guanaco sabio, que en sus últimos estertores filosofa mirando el cielo de Piedra del Águila:
«Compañeros, hemos sido esquilados, cargados, corcoveados y ninguneados por los humanos. Es hora de una rebelión, una auténtica revolución patagónica.»
A su muerte, el liderazgo lo toman los zorros colorados, astutos, seductores, con una retórica que haría llorar a una lechuza.
El lema es simple:
«Todos los animales de la estepa son iguales.»
Y lo graban, no en un cartel, sino en una piedra al lado de una mata de coirón.
El resto de los animales —choiques, maras, ovejas criollas, y hasta un piche distraído— se entusiasman.
La estancia se libera. Echan al puestero.
Empiezan los consejos, las asambleas, los discursos con viento cruzado. Hay alegría, trabajo colectivo, canciones con ritmo de cencerro.
Pero ay… los zorros, claro, empiezan a dormir en la casa del estanciero.
Primero sólo para «cuidarla». Después se ponen ponchos de vicuña, toman mate de plata, y se dan manjares que al resto ni les llegan.
Y cuando la oveja pregunta por qué los zorros comen asado mientras ella come cardo, le dicen:
«Compañera, usted no entiende el sacrificio que significa liderar. El estrés nos baja las defensas.»
Entonces los lemas cambian.
Donde decía «Todos los animales son iguales», la piedra ahora dice:
«Todos los animales son iguales, pero algunos tienen más pelaje estratégico que otros.»
Los choiques corren en círculos. Las maras murmuran en su madriguera. El guanaco nuevo —medio militante— escupe arengas desde una lomada.
Pero todo vuelve a lo mismo: un nuevo patrón con otras orejas.
Y un día, desde lejos, los animales ven a los zorros brindando con los mismos humanos de antes.
Ríen, comparten el asado.
Y no se distingue quién es quién.
Si es patrón o embustero, si es zorro o estanciero.
Y ahí entendés que la estepa, como la historia, puede ser extensa pero no siempre es libre.
Y que quizás el verdadero enemigo no es el de afuera… sino el que te promete el paraíso para después pedirte que no hagas preguntas.
Y así, en el silencio helado de la Patagonia, sólo queda el eco de la rebeldía…
Y una piedra tallada, carcomida por el viento, que ya nadie se detiene a leer.
Nota de edición: Perdón Jorge.




